Manifiesto: Decodificar el orgullo 


El próximo mayo de 2022, el festival se realizará en la provincia de Chiriquí, decisión que obedece a su filosofía de descentralizar la producción del festival para fortalecer la capacidad de gestión de las redes provinciales, al mismo tiempo que en cada región se aboga por generar un movimiento que impulse el desarrollo de un cine local.

También significa que cada red, de cada provincia, diseña su propio festival y lo hace suyo pues, aunque las provincias o comarcas formen parte de un mismo país llamado Panamá, socioculturalmente todas las regiones son diversas y únicas. De esta manera podríamos decir que el festival se nutre de la identidad de las regiones, y por ello se construye desde la realidad y la visión de las redes.

Y la pregunta que nos hacemos como redes es, si como país somos capaces de reconocer y decodificar nuestra diversidad regional o si, por el contrario, desde nuestro imaginario colectivo hemos etiquetado a las provincias con características que el sistema aprueba y estima conveniente, pasando por alto otras que nos desmontan el país que quieren que veamos.

Las etiquetas se arraigan con facilidad en nuestro imaginario colectivo gracias a las construcciones culturales que nos inculcan desde pequeños en nuestro ámbito educativo, familiar, comunitario, y en los medios de comunicación. De esta manera, construcciones culturales como puente del mundo corazón del universo, crisol de razas, pro mundi beneficio, orgullosamente panameños, My name is Panamá, y el país más desarrollado de Centroamérica, se afianzan con facilidad en nuestro imaginario colectivo e individual.

Mientras tanto pasamos por alto índices que nos hablan de otro Panamá. O que según el Banco Mundial es el tercer país más desigual del continente americano; que sitúa a las comarcas entre las áreas más marginadas del país; a Colón como la provincia en la cual el 42.7% de sus habitantes vive en pobreza total, superando el índice de pobreza total para el país; y el Sexto Informe de la Región 2021 establece que al 59% de les panameñes no les alcanza los ingresos para cubrir sus necesidades básicas.

A Chiriquí, por ejemplo, se le ha impuesto la etiqueta de la provincia más fructífera del país, abastecedora de alimentos de primera a nivel nacional, y a su población como heredera de un famoso orgullo fundamentado en una construcción cultural que oculta muchas otras realidades. Sabemos de sus tierras fértiles, del mejor café, líder en producción ganadera, lugares vacacionales, y una población de origen europeo. Y, si bien es cierto presenta muchas de estas características, también es cierto que tanta maravilla no representa beneficio ni equilibrio social hacia la mayoría de su población. No nos dicen que nuestras tierras están contaminadas a causa del abuso de pesticidas y fertilizantes cancerígenos que encontramos en nuestra comida o de la mano de obra explotada y menos remunerada para llevar a cabo este trabajo, y las hidroeléctricas, que abundan en cada posible río de la provincia, están devastando los ecosistemas a la vez que perjudican la vida de quienes necesitan del río para subsistir. Vivimos conflictos mineros e inundaciones que cobran vidas, hogares, pequeños negocios y cultivos caseros, que no coinciden con la imagen de almanaque perfecto.

Para decodificar el origen del orgullo y la identidad chiricana, y visibilizar las omisiones, resulta imprescindible reconocer su historia sin sesgos e idealizaciones provenientes del poder económico y político, construído alrededor de prácticas mayoritariamente relacionadas al campo y al turismo. Pero, ¿quiénes son realmente los chiricanos más allá de prácticas de subsistencia y comercialización, ¿quiénes son sin ellas?, ¿su identidad depende de éstas?

Antes de la llegada de los españoles a nuestras tierras, Chiriquí era una región poblada por múltiples grupos originarios, algunos de ellos los doraces quienes son nuestros ancestros más directos y de los que existe poca documentación. Se destacan los petroglifos encontrados en Sitio Barriles, representantes de una historia precolombina aún sin descifrar.  

Posteriormente, durante el periodo colonial, la población originaria se vio despojada de sus tierras, se les margina hacia tierras menos productivas, y se les imponen prácticas culturales del colonizador. Así, las prácticas culturales, comerciales, sociales y políticas de la colonia, sientan las bases iniciales de una provincia dedicada al sector primario, cuya misión primordial es abastecer con productos de primera al resto del país. Siglos después, ante la necesidad de recuperación económica y luego del período militar en los años ‘80s, Chiriquí supera en Producto Interno Bruto a las demás provincias. A partir de aquí, Chiriquí se convierte en una provincia productiva pero vacía. La falta de una identidad verdadera y de un norte común nos lleva a prácticas enajenadas como construcción de grandes edificios y malls que nos venden como verdadero progreso, mientras que nuestras tierras se ven despojadas de su verdadera vida y personalidad.

Pero, ¿qué sucede con aquellas áreas de la sociedad que no están relacionadas a las prácticas agropecuarias y de turismo, esas que tradicionalmente generan ganancias económicas a grupos reducidos? Y mientras tanto, las artes, el desarrollo académico de calidad y la ciencia, han sido postergadas. 

Bajo el eslogan del orgullo chiricano se esconde una realidad de desigualdad que vemos todos los años a través de una práctica colonial llamada “tradición folclórica”. Asistimos a la Cabalgata del 19 de marzo, cuando el pueblo en desigualdad de condiciones observa a distancia a los grandes terratenientes dueños de negocios y caballería, montar sus jinetes engalanados en ropajes que cuestan la canasta básica mensual de una familia local. O bien, a aquellos que nunca en su vida han estado en el campo, pero acuden a la búsqueda de un animal alquilado para aparentar una identidad burguesa que no le corresponde.

Este evento es una clara ilustración de cómo la frase “orgullo chiricano” no se vive de la misma forma según la distancia y la acera en la que se mire la cabalgata. En esta sociedad aún persiste el racismo y el clasismo colonial, esa construcción social que nos hace negar nuestros genes aborígenes, negros y criollos, y que oculta nuestra indiferencia y rechazo hacia nuestros pueblos originarios y a nuestra población afrodescendiente.

Para la Red Chiriquí es imposible ignorar estas otras realidades. En marzo de 2022 la red se moverá por diferentes puntos, todos representativos de su diversidad social, llegará a espacios y poblaciones olvidadas, ofrecerá la oportunidad de ver cine panameño, y actividades educativas y artísticas nutridas de participación ciudadana.

Sin duda, queda claro que a través del cine somos capaces de reflejar estos elementos que nos han acompañado a lo largo de nuestro desarrollo, que también puede servirnos como herramienta de visibilización, expresión e introspección de cara a construir una identidad múltiple e igualitaria. Así, al vernos en pantalla, podremos reconocernos por fin, sin caer en arquetipos con los cuales muchos chiricanos no nos sentimos reflejados.